Los barrotes son blancos pero no por eso más indulgentes , tras esa parrilla blanca te veo caminar. Andas apresurada envuelta en tu abrigo largo y oscuro, agarrando la solapa para taparte el cuello y la boca, fingiendo protegerte del frío cuando en realidad yo sé, que te aferras a tu abrigo para evitar que alguien descubra que bajo ese abrigo largo y oscuro, tú caminas desnuda, cometiendo ese delito ante las buenas costumbres, ese morboso delito que te hace sentir joven, un atrevimiento propio en todo caso de una adolescente.
No podrán retenerme mucho más tiempo aquí, tengo por fin una causa a la que entregarme y sería de locos no planear una fuga para llevarte a la feria. Allí los niños están felices comiendo nubes.
Te llevaré a la feria que está junto al río, en la explanada dónde en primavera florecen las adelfas. Comeremos coco y palomitas mientras todos están felices a nuestro alrededor.
Yo una vez también estuve en una feria. Mi madre me llevó cogiéndome la mano durante todo el camino. Ese fue un día muy feliz para mí, aun recuerdo la sirena de aquel camión de bomberos, yo no dejaba de apretar el botón que emitía aquel sonido extravagante. Era un camión rojo purpúreo y su volante no tenía fin, ya entonces, el fuego tenía mucho poder sobre mí.
Te llevaré a la feria y ganaré para ti un peluche enorme, mostrándote mi habilidad en algún juego estúpido. Nos reiremos de mis divertidas ocurrencias que solo se manifiestan cuando soy feliz, y te acompañaré a casa dando un paseo por el campamento de gitanos, entonces sentiremos al mirarles de reojo, una mezcla de envidia y el rechazo.
La noche será clara y buscaré a Casiopea para llamar tu atención hacia el cielo, y poder ver así tu perfil recortado entre las constelaciones. Mientras señalo con el dedo a las estrellas, rodearé con mi brazo tu cintura y quedará prendida como una caricia permanente, que saborearé cada segundo.
Se oirá una música, una melodía de acordeones y tubas. Tubas enormes tocadas por sapos gigantes que nunca llegaremos a ver, pero yo que les conozco, sé que estarán ahí, tocando para nosotros en ese día tan especial.
Te diré cuanto te quiero a lo largo de nuestras miradas, sin tener que recurrir a la torpeza de las palabras. Me despediré de ti con un beso breve en los labios. Sería un beso casi imperceptible, casi protocolario si fuéramos una pareja marchita con años de aburrimiento por el camino, pero ese beso breve en el frío portal, supondrá la salvación al sin sentido que hasta entonces ha tenido mi cautiverio.
Sé que estoy aquí, que estoy vivo, para poder acompañarte a la feria por una noche, después volveré con los internos, porque acabaron convenciéndome del hervor de menos con que mi cabeza se quedó, y me enamoraré de ti al verte cada mañana caminar apresurada bajo el abrigo largo y oscuro del que yo sé, que cubre tu cuerpo desnudo para hacerte sentir más joven. Te escribiré cartas para invitarte a visitar la feria permanente que está en la explanada, cerca del río donde florecen las adelfas, y por la noche me resistiré a dormir hasta que los fármacos venzan mi vigilia y borre para siempre, como hace cada noche, lo que ayer fue.
Si todo esta limpio a mi alrededor, por fin, es porque he decidido cambiar, quiero ser más culto, más limpio, con más sensibilidad ante el arte y el medio ambiente...como esos personajes burgueses y refinados que aparecen en “La montaña mágica” de hecho no me la he acabado de leer, me exige mucho tiempo, pero algún día la acabaré. Quiero ser como los noruegos, o los daneses, que todo lo hacen bien y tienen mucho gusto a la hora de decorar, también son educados y considerados para con sus semejantes...bueno yo no es que conozca a ningún noruego o a algún danés, pero esa es la idea que tengo yo de esa gente.
También voy a empezar a cuidarme, a hacer deporte, comer más fruta...es más ahora mismo, me voy a hacer un zumito de naranjas.
No puedo decir lo que pienso. En momentos como este he aprendido a callarme, a no gritar, a marcharme con el ceño fruncido y con el veneno de mis palabras empujando en mi garganta. Sé que si hablo salpicaré de mierda todo lo que me rodea, y después habrá que pedir perdón.
Cojo la bolsa y me largo. Discutimos mucho últimamente. No sé si la quiero, porque no sé si me quiere.
No sé dónde voy ni dónde estoy, para colmo la bolsa que he cogido es la de la ropa sucia. Estoy más tranquilo cuando he caminado un rato. ¿Dónde puedo ir con una bolsa de ropa sucia?
Entro por primera vez en una lavandería, Después de alimentar la enorme boca de la maquina, espero los cuarenta minutos que dura el programa. Me siento extraño en este lugar, la gente llega con sus trapos sucios, y confieso que me resulta difícil dejar de mirar la ropa ajena que entra o sale del bombo. Hay una tranquilidad extraña oculta en el ruido infernal de las máquinas. Todo es blanco tirando a pálido, los años, imagino.
El fuego me parece luz evolucionada. La luz una larva del fuego. El fuego puede ser destructivo, pero el amor también puede ser destructivo. El fuego hace posible la cocina, y por extensión el placer, como el amor.
El amor y el fuego son primos hermanos, que los poetas convirtieron en metáforas; llamas encendidas por pasiones, y pequeñas llamas que se apagan en un pastel de cumpleaños, no sin antes, formular un deseo de amor.
El fuego inspira y expira, destruye y calienta como un pedazo de sol en este invierno, el más cabrón desde hace cien años.
Después de todo el sol volvió a salir, y todo a mi alrededor seguía el curso lógico de un mundo incomprensible.
Hoy no fumaré. Pensé esto al despertar con la garganta herida y con voz de carajillo, pero seguía llorando sin saber porqué.
Encendí la radio. El café caliente suavizó el vaiven de la nuez suspendida en mi garganta. En el programa que se estaba emitiendo había un buzón de voz. Eran mensajes breves del siglo xxl. Me emocioné con un mensaje anónimo de una mujer optimista. Lloré de nuevo.
Si vas cagar y tienes tiempo, léete un cuento.
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